El futuro que no imaginaron

Por Claudia Carrascal Ortega (@ClaudiaCarraOrt)

“Soy inmigrante, a mí nunca me van a dar una oportunidad, no podré trabajar en un edificio o en un despacho, aquí todos los extranjeros somos inferiores y da igual que tengamos estudios”, Yannick Biyaka es un joven procedente de la república de Camerún que ha enterrado sus sueños después de casi cuatro años de lucha y ahora solo busca la manera de sobrevivir dignamente.

Miles de sirios tratan de abandonar su país.
Miles de sirios tratan de abandonar su país.

Como Yannick más de cinco millones de extranjeros han llegado a España huyendo de los problemas económicos, la inseguridad, las guerras de su país o simplemente buscando una vida mejor. Luchan por su sueño, pero la mayoría de las veces se topan con una realidad muy diferente a la que esperaban y acaban viviendo una pesadilla de la que no es fácil despertar.

España ha dejado de ser el país de las oportunidades, aunque el nivel de vida y las garantías sociales que todavía ofrece a los ciudadanos siguen siendo anheladas por millones de extranjeros, que ven en la península una posibilidad de avanzar, de refugiarse o, al menos, una puerta al resto de Europa.

Según los datos arrojados por el Ministerio de Empleo y Seguridad Social, a finales de 2014 había en España 4.925.089 inmigrantes con registro o tarjeta de residencia, 18.538 menos que en 2013, sin embargo, estiman que el número de extranjeros sin papeles pueda haber aumentando hasta alcanzar 1,5 millones. 

Llegada de inmigrantes a España entre 1994 y 2014.
Llegada de inmigrantes a España entre 1994 y 2014.

Yannick  desde muy joven tuvo claro que en su país natal era prácticamente imposible prosperar o al menos como él esperaba; “estaba estudiando formación profesional porque al acabar bachillerato mi padre no tenía dinero para mandarme a una escuela técnica y no veía mi futuro allí”, confiesa el joven.

El nivel de vida de los habitantes del país centroafricano es muy bajo, hasta el punto de que se sitúa en los últimos puestos si comparamos índices tan ilustrativos como el PIB per cápita o el Índice de Desarrollo Humano, con el de los otros 195 países registrados del mundo. Además, para pagar una carrera en Camerún son necesarios prácticamente dos sueldos íntegros al mes, por eso como ya han hecho más de un millón de africanos Yannick lo arriesgó todo para cruzar el estrecho.

A los 26 años emprendió la que sería la más dura y arriesgada aventura de su vida, el viaje hacia Europa. Eligió España como destino por cercanía y porque “aunque no lo parezca es más fácil que en otros países”, explica. Era consciente de que la travesía por África sería lo más asequible, o al menos lo menos desconocido, y sabía que tendría problemas al cruzar la frontera por Marruecos, sin embargo, lo que no podía imaginarse es que al llegar a España no viviría la vida de “lujos” que le habían contado.

Antes de alcanzar las costas españolas Yannick tuvo que pasar un año y ocho meses en Marruecos; “no tenía papeles, ni dinero y vivía en una ciudad de delincuentes por lo que todo era muy difícil”, hasta el punto de que considera que fue la peor etapa de su vida. “Fue un auténtico infierno”, aclara el joven, quien también recuerda con horror los meses que pasó en el bosque escondiéndose y tratando de alcanzar la frontera, “te conviertes en un gato caminando de noche para que no te descubran y siempre al acecho”. No obstante, Yannick fue de los pocos que logró saltar la valla, cruzar el estrecho y seguir vivo para comenzar una nueva vida.

En Camerún finalizó sus estudios en electricidad y reconoce que es bueno en todo lo que tenga que ver con la pintura y la mecánica, aunque aquí no le ha servido de mucho ya que en los dos años que lleva en España solo ha encontrado trabajos temporales, la mayoría “de unos pocos días”.

Inmigrantes trabajando en el campo.
Inmigrantes trabajando en el campo.

Ni su formación como electricista ni su capacidad para hablar perfectamente español, desde hace más de un año y medio, además de inglés y francés, le han puesto las cosas fáciles, pero continúa saliendo a la calle cada mañana con una sonrisa, porque, en su opinión, “fuera es donde se encuentran las oportunidades, se puede conocer gente y buscar algún trabajo aunque sea en negro, al fin y al cabo cada uno es dueño de su suerte”, insiste.

En pleno siglo XXI y con los cambios que está sufriendo España Yannick no logra entender cómo la sociedad continúa con una mentalidad “tan cerrada y tan fría”, ni como la discriminación a los inmigrantes sigue siendo algo habitual en las calles. “Soy consciente de que si hay españoles solicitando el mismo puesto que yo les van a coger antes a ellos, aunque no sean mejores, y si contratan a un extranjero está claro que es para pagarle menos”, asegura.

Durante estos dos años cuenta que no solo se ha enfrentado a la discriminación laboral sino también a la social; “recuerdo a dos niños de dos y ocho años más o menos gritándome en medio de la calle “negro, negro, puto negro” y sus padres no les regañaban, es la educación que les dan y están creciendo así”, lamenta.

En otra ocasión fue un hombre de mediana edad al que conoció mientras buscaba trabajo, “se enfado mucho cuando le conté que estaba en una casa de acogida me dijo que nos aprovechábamos de los españoles y que vivíamos gratis mientras ellos lo pasaban mal, pero no se da cuenta que con un trabajo no me haría falta vivir aquí. No tenemos trabajo, dinero, ni papeles, pero ven injusto que otros nos ayuden” asevera.

Yannick no se rinde y sigue luchando, ya no por un sueño sino por una vida digna, aunque tiene claro que algún día quiere volver a su país, “no me voy a morir en Europa a los 60 o 70 años tengo que estar en mi país con mi gente, fumando…, me gustaría contarles la realidad de España, como es la gente de aquí y enseñarles lo que yo he aprendido con mi experiencia”.

Hace un año y medio que comparte un piso de acogida con otros inmigrantes que también se encuentran en una situación complicada, la ‘Red Acoge’ les proporciona un techo y alimentos, Bouchara Belmir es desde hace cuatro meses una de sus compañeras y amigas, procede de Marruecos y lleva recorriendo la geografía española desde 2007.

La llegada de Bouchara a la península fue mucho más dulce que la de su amigo, la crisis todavía no había azotado al país y llegó acompañada del que entonces era su marido. “El quería vivir mejor y por eso vinimos, pero en Marruecos no teníamos problemas económicos, trabajábamos los dos”, comenta.

Al poco tiempo de llegar a España se separó y comenzó a buscar trabajo ya que aquí “no tenía nada”, los primeros años no le resultó demasiado difícil “trabajé de interna y de externa, también como ayudante de cocina, pero eso era antes, ahora no hay trabajo y menos para una extranjera sin papeles”.

Bouchara tiene experiencia en el cuidado de mayores y limpieza, también en cocina y hoteles, sin embargo, todas sus entrevistas terminan con la misma pregunta  ¿De dónde eres? “Cuando digo que soy de Marruecos ya no quieren saber nada y me dicen que no necesitan a nadie o que el puesto está cubierto, se piensan que tengo que estar rezando todo el día y que no voy a cumplir con mi trabajo, o que la comida puede ser un problema, y no es así”, afirma.

En España hay 770.735 marroquíes registrados de los cuales más del 58 por ciento son hombres, aunque esta tendencia comienza a invertirse, ya que según los datos proporcionados por el Instituto Nacional de Estadística en 2014 se contabilizó un incremento en 1.700 marroquíes residentes con respecto al año anterior, de los  cuales 978 eran mujeres y 722 hombres.

Aunque Marruecos es el país de procedencia de la mayoría de inmigrantes africanos que llegan a España (el 74,71% en 2014), Argelia se sitúa en segundo lugar con un 5,6 por ciento, y es que a pesar de tratarse de uno de los principales productores de petróleo y gas del continente sus habitantes se han visto atrapados por las guerras y la pobreza durante décadas.

Elalia Rittab procede de Argelia y cuenta como a su marido le ofrecieron la posibilidad de trabajar en España y no lo dudó ni un momento, “entre 2008 y 2012 todo iba bien, mi marido trabajaba como pintor, tuvimos un hijo y éramos felices”.

En julio la vida de Elalia dio un vuelco, después de tres años sin trabajar ni ella ni su marido perdieron el piso en el que vivían y él tuvo que regresar a su país con su hijo de seis años, “la vida aquí es muy cara y más con un hijo, no podíamos vivir los tres sin un sueldo”.

Para la argelina separarse de su familia  ha sido lo más duro por lo que ha tenido que pasar en su vida. “Desde hace dos meses mi cabeza está en Argelia y no aquí, me paso los días llorando en mi habitación aunque sé que tengo que encontrar un trabajo lo antes posible para que puedan volver”, insiste.

Elalia no solo se ha encontrado con la dificultad de llevar pañuelo, “en Bélgica o en Francia no pasa nada, una persona con pañuelo puede trabajar en un banco o en una tienda, pero en España es muy diferente, la gente se aleja de ti si ven que vas tapada”, sino que también se enfrenta al problema del idioma porque a pesar de llevar ocho años en España sólo chapurrea y entiende algunas frases cotidianas.

Una pequeña ayuda, una gran oportunidad

Un grupo de inmigrantes participa en un taller.
Un grupo de inmigrantes participa en un taller.

Julia Santamaría es la educadora social en Burgos Acoge y ha sido quien ha dado el empujón a Elalia para que participe en el taller de empleo que organiza la asociación, así como en los cursos de español que están preparando.  “El idioma, el empleo, los papales y la vivienda son los principales problemas con los que se encuentran al llegar”, asegura Santamaría.

La asociación pertenece a la ‘Red Acoge’ que desde 1991 desempeña su labor de acogida, integración y ayuda a inmigrantes en 18 puntos del territorio español, además, realizan talleres de sensibilización y voluntariado para concienciar a la sociedad de que “a España no vienen trabajadores sino que vienen personas que necesitan agrupar a sus familias y hacer vida”, insiste Santamaría.

En su día a día ve casos tan duros que nunca dejan de sorprenderle, especialmente  desde que comenzó la crisis económica en España, explica que “el colectivo inmigrante lo ha notado mucho, hubo una importante ida de personas a sus países pero no todo el mundo ha podido regresar porque no tienen recursos y las ayudas no son suficientes, utilizaron todo lo que tenían para venirse y ahora se encuentran atrapados”.

Además, Santamaría cuenta que hay casos “muy particulares” y que por ejemplo los inmigrantes africanos sufren una enorme presión ya que “en su país no se creen que estén tan mal como para volver”. “Muchos han estado manteniendo a sus familias con el dinero que ganaban, pero ahora no tienen nada, malviven aquí y no pueden enviar dinero, por lo que la presión que sufren es enorme”, relata.

La educadora social de 'Burgos Acoge', Julia Santamaría atiende a una de las inmigrantes que acuden en busca de ayuda.
La educadora social de ‘Burgos Acoge’, Julia Santamaría atiende a una de las inmigrantes que acuden en busca de ayuda.

En países como Marruecos, Colombia, Ecuador o los países del este, las cosas, según la educadora social, están cambiando, “está emergiendo mucho trabajo y la gente regresa, así que los que quedan en España son lo que se encuentran en peor situación, a los que no les ha dado tiempo a estabilizarse en condiciones, están atrapados con el tema de la vivienda e hipotecas, han perdido papeles y se han roto sus familias”.

En cuanto a las trabas que se encuentran todas estas personas para legalizar su situación en el país Santamaría recalca que “la ley de extranjería no está hecha pensando en las personas, sino en la situación económica del país y se abre o se cierra más, dependiendo del interés político y económico que exista, no tiene ninguna relación con las necesidades de las personas”.

Recuerda cómo antes de la crisis era mucho más fácil para un inmigrante conseguir los papeles y como se ha invertido la situación ya que “hace quince años no se cubrían las ofertas de trabajo que demandaban a la asociación y ahora ya no llegan”.

Cruzan las fronteras arriesgan sus vidas e invierten todo lo que tienen, emprenden un viaje llenos de ilusión y sobre todo de esperanzas, buscan un futuro que no llega por la falta de empleo, problemas con los papeles y la discriminación “la sociedad se aprovecha de ellos, la gente no quiere alquilarles sus casas y si lo hacen suelen ser pisos en unas condiciones de insalubridad impresionantes”, confiesa Santamaría.

Todavía hoy hay un gran rechazo a este colectivo porque “la gente quiere un trabajador para pagarle poco en los trabajos que ellos no quieren hacer, pero no quieren compartir la comunidad, ni alquilarle el piso, no quieren que sus hijos compartan el aula con hijos de inmigrantes”.

El drama de los refugiados sirios

Ahora las miradas se centran en los refugiados sirios, y las ONG, asociaciones y ayuntamientos mantienen conversaciones para tratar de ayudar a que estas personas conserven sus derechos y su vida, aunque, por el momento, no se están logrando los objetivos y millones de desplazados viven en condiciones lamentables. “Son gente formada que tenía una vida muy hecha y es “muy duro” para ellos tener que dejarlo todo y salir al campo a caminar sin rumbo, da igual que seas niño, joven o mayor si quieres sobrevivir tienes que huir”, explica Santamaría .

La situación que está atravesando Siria ha generado 11,5 millones de desplazados y un total de cuatro millones de refugiados que han tenido que salir del país, además, el conflicto ha acabado con la vida de más de 230.000 personas, puesto que a la destrucción provocada por la guerra civil hay que sumar los efectos y la inseguridad generada por el grupo terrorista ‘Estado Islámico’.

Desde 2012 la cifra de refugiados sirios se ha disparado pasando de los 95.000 a los 4.088.854 contabilizados en agosto de 2015, cerca del 46 por ciento son adultos de entre 18 y 59 años, aunque el 38,5 por ciento de los que se encuentran en campos de refugiados son niños de entre 0 y 11 años y tan solo el tres por ciento tiene más de 60.

Europa trata de dar una respuesta a las 348.540 peticiones de asilo formuladas por los sirios entre 2011 y 2015 que se centran en Alemania y Suecia el 47 por ciento, mientras que Serbia, Hungría, Austria, Bulgaria y Países Bajos acumulan el 33 y el resto de países en torno al 20 por ciento.

Todavía concretan como se producirá el reparto de refugiados y las acciones que se llevarán a cabo para tratar de paliar los efectos de la crisis humanitaria más devastadora desde la Segunda Guerra Mundial. Aunque no existe un acuerdo con las medidas que comienzan a fijarse, ni con el número de refugiados que deben acoger en sus fronteras. Eso sí, la abogacía española recordaba hace poco más de un mes, que cumpliendo con el derecho comunitario los países miembros de la Unión Europea tienen la obligación de dar asistencia a los refugiados y a las personas desplazadas, y que la negativa puede dar lugar a la “imputación del Estado responsable de un crimen Internacional”.

Dejarlo todo por un poco libertad

Abdelhamid Bensalah conoce muy bien todas estas historias, él mismo ha tenido que pasar por  las dificultades que ahora acechan a sus compañeros, sin embargo, ahora no cambiaría España por nada ya que a pesar de tener a su familia en Marruecos aquí tiene su vida y es “libre”.

Tiene 60 años pero recuerda como si fuera ayer cada minuto de su aventura, “mi primer destino fue Holanda, lo elegí porque tenía familia allí pero fue muy difícil llegar” y es que hasta alcanzar su destino tuvo que emplear varios meses caminando por carreteras, atravesando montañas y con la policía vigilante que complicaba todavía más la travesía.

“Buscarse la vida en Holanda no es nada fácil” reconoce Hamid, que así le llaman sus amigos, gracias a la ayuda de otros marroquíes consiguió un trabajo de carnicero en el que estuvo once años y después en un hotel durante cuatro, pero todo lo que ganaba era “en negro”, porque según ha explicado “las leyes son más complicadas que en España” y al casado se complicaba todavía más la tarea de conseguir los papeles.

Pasó quince años en unas condiciones muy diferentes a lo que esperaba de Europa, viviendo noche y día “con el miedo en el cuerpo”. “Estar sin papeles en Holanda es muy complicado siempre duermes con miedo”, aclara Hamid. Cuenta como en dos ocasiones la policía fue a buscarles a su casa, a él y a otros compañeros sin papeles con los que vivía, “era de noche y cuando nos dimos cuenta de que venía la policía salimos corriendo por las ventanas, dejamos todo allí, los policías abrieron las puertas y registraron nuestra vivienda, pero no volvimos, tuvimos que cambiar de ciudad y buscar de nuevo una casa, un trabajo y volver a empezar, así pasé 15 años de mi vida hasta que decidí buscar la estabilidad”.

Aprovechó que las leyes de extranjería se habían abierto en España para empezar de nuevo, porque si algo tenía claro era que no volvería atrás. “Quise hacer mi vida en Europa porque todos veíamos a los familiares y turistas europeos que iban de vacaciones a Marruecos, tenían coches y ropa de lujo, pero sobre todo tenían libertad”, revela.

Hamid insiste en que Marruecos ha avanzado mucho en el ámbito económico e incluso laboral, sin embargo, no acepta la falta de libertades. Cuenta que en Europa es fácil ir por la calle sin miedo “a nada ni a nadie”, se puede hablar de cualquier tema, beber alcohol, las chicas pueden llevar faldas cortas, cosas que asegura “en Marruecos son imposibles”.  Hamid continúa siendo islamista y considera que durante el ramadán se debe conservar determinadas tradiciones, “por respeto”, aunque hay determinadas imposiciones que critica y que, según él, “coartan la libertad” de los ciudadanos.

También, destaca la seguridad, la tranquilidad y la solidaridad de España “aquí se ayuda a la gente que lo necesita en Marruecos no”. Por todo ello reconoce que no echa de menos su país, “vas y cuando llevas diez días allí estás buscando la vuelta, ahora yo no podría regresar”, insiste.

Empezar de cero…

El caso de Odil Jerez también ha tenido un final feliz y es que a pesar de haber optado por cruzar el “charco” y haberse enfrentado a no pocas dificultades para cambiar su vida, ahora tiene a toda su familia en España y reconoce que “no volvería a la República Dominicana aunque reconoce que echa de menos el estilo de vida y el carácter de la gente de su tierra. “Allí la gente no sufre depresiones ni sufre estrés, pero yo tengo a toda mi familia aquí y volver sería empezar de cero otra vez”, indica.

Confiesa que la intención que tenían sus hermanas, que fueron las primeras en llegar a Valladolid, era trabajar en España para después de unos años regresar a Santo Domingo y poder “vivir bien, comprarse una casa, montar un negocio y no tener que preocuparse, pero encontraron pareja y formaron su vida en España, por lo que acabó viniendo toda la familia, relata.

En Santo Domingo, Odil era secretaria, encargada de órdenes de compra en una cooperativa, “tenía un buen trabajo y ganaba bien, pero allí la vida es muy cara, el sueldo mínimo son unos 200 euros y tan solo en hacer la compra mensual te gastas 300”, asegura. Ahora trabaja en la hostelería y es feliz con su familia, aunque cuenta que el caso de su hermano menor es diferente, estudió la carrera de contable, que en República Dominicana son seis años, y aunque aquí consiguió convalidar sus estudios no encuentra trabajo. “Solo le llaman para trabajos temporales en almacenes, así que después de dos años en estas condiciones ha decido que en cuanto arregle los papeles se irá a probar suerte con su pareja a Estados Unidos.”

Evolución de los flujos migratorios

Las cifras ponen en evidencia desde 2012 un cambio de tendencias en los flujos migratorios que se producen a lo largo del año en España, y es que la situación económica tiene una drástica influencia en el rumbo que toman las personas a la hora de buscar un futuro y una estabilidad.

Hasta 2007 el número de extranjeros que elegía España como destino no paró de crecer, de hecho se batieron todos los récords con 934.201 llegadas. A partir de entonces se registran cada vez menos entradas hasta que en 2012 la tendencia se invierte y empiezan a irse más migrantes de los que llegan. No solo se van extranjeros, también aumenta considerablemente el número de españoles que abandonan su país, hasta el punto de que en 2013 el saldo migratorio (la diferencia entre los que llegan y los que se van) se hunde hasta los -251.531 y en 2014 se mantiene la tendencia con un saldo de -102.309.

Datos del Instituto Nacional de Estadística.
Datos del Instituto Nacional de Estadística.

En 2014 llegaron a emigrar 78.785 españoles, según los resgistros, un 8,3 por ciento más que en 2013 y en enero de 2015 estaban inscritos en el Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero 2.183.043. Aunque estos datos oficiales distan mucho de la realidad ya que según Amparo González Ferrer, socióloga y especialista en demografía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), “esta cifra se debería multiplicar por tres puesto que no todos acuden a los consulados a registrarse”. Por tanto, si se cifra en 200.000 los españoles expulsados por la crisis, González calcula que realmente serían 700.000. Por su parte, la plataforma “Jóvenes sin futuro” eleva a 1,5 millones el dato ya que calcula que salen unos 300.000 españoles al año.

¿Hacia dónde se dirigen?

Según el INE en 2014 el destino de la mayor parte de los españoles que emigraron fue el Reino Unido con 9.568, seguido por Francia con 8.142, Ecuador que acogió a 7.778 y Alemania elegido por 7.641 españoles.

Datos del Instituto Nacional de Estadística.
Datos del Instituto Nacional de Estadística.

Cristina Saldaña es una de esas 300.000 personas que cada año salen al extranjero en busca de la oportunidad que su país ya no es capaz de ofrecerles. Ha estudiado periodismo y sabe inglés e italiano, pero nada más terminar la carrera sabía que necesitaba “algo más”, y era consciente de que probablemente su futuro no estuviese en España por lo que tomó la decisión de hacer un máster con validez internacional para tratar de abrirse puertas en el extranjero.

“En España no hay demasiadas oportunidades para los periodistas, además, dos años antes había estado en Turín de Erasmus y mi entonces pareja era de allí, por lo que en vez de decantarme por una ciudad de habla inglesa, que era lo que me aconsejaba mi familia, decidí irme a Italia”, comenta.

Cristina asegura que se adaptó bastante bien a la forma de vida y que conocer el idioma y tener a su pareja allí fueron de gran ayuda, sin embargo, reconoce que en el ámbito laboral las cosas no fueron como ella esperaba. “Pasé todos los procesos de selección para una multinacional, pero cuando llegué a la última entrevista personal la chica se acercó y me dijo que debía ser sincera y que ante un currículum muy similar y la misma experiencia cogerían para el puesto a otro chico puesto que al ser extranjera podía tener más dificultades”.

Esta no fue la única ocasión en la que cree que el “ser de fuera” le pudo perjudicar y es que tras acabar el máster con un excelente expediente académico y después acudir a numerosas entrevistas tanto laborales como para realizar prácticas profesionales tuvo que volver a España. “Cuando ves que el dinero se te acaba y no tienes nada sientes mucha impotencia y no te queda otra que regresar”.

Ser de fuera no es fácil

Sonia Martín también ha experimentado en más de una ocasión las dificultades de dejarlo todo y salir de tu país y es que ha estudiado filología inglesa y francesa, por lo que es consciente de que tiene que “salir y conocer” para después conseguir una oportunidad. A sus 24 años ya ha pasado un año en Inglaterra y cerca de diez meses en Francia, además de “casi todos los veranos desde que era una cría, pero eso lo hacía por aprender el idioma”, ahora dice que necesita formarse ante la competitividad del mercado y “tener una experiencia que en España es muy difícil conseguir”.

Reconoce que en el extranjero “se aprovechan” de la desesperación de los españoles por encontrar un trabajo, y es que “el país ha sufrido un gran batacazo y los jóvenes estamos perdidos, muy formados, pero sin saber dónde dirigirnos”, asegura.

Cuenta como en Inglaterra llegaron a ofrecerle un trabajo en una pequeña tienda de bocadillos, “eran siete horas diarias cuatro días a la semana, incluidos los sábados cobrando 300 euros mensuales”. También en Francia donde trabajaba en un colegio como profesora de español se sintió inferior debido a su nacionalidad “a los americanos, ingleses y sobre todo a los alemanes por hacer el mismo trabajo, e incluso, unas horas menos que yo les pagaban bastante más”.

Inmigrantes y emigrantes tienen algo en común, salen de su país buscando la vida que en el suyo no pueden conseguir, pero todos ellos coinciden en que al final nada es tan fácil como parecía porque después de un largo camino solo les queda incertidumbre y dificultades. Realmente ¿somos tan diferentes?

España ya fue un país de emigrantes

La decisión que toman hoy día muchos españoles de hacer las maletas y salir de su país no es algo nuevo ya que según las cifras oficiales del Instituto Español de Emigración (IEE) entre 1959 y 1973 se produjo una de las mayores oleadas de gente que emigró al continente europeo, 1.066.440 personas, es decir, el 71% de los que salieron de España en esos quince años.

Agustina Álvarez es una de esas españolas que siguiendo a su marido emprendió el viaje a tierras francesas, y aunque ella en ese momento no lo sabía sería un viaje sin retorno. Después de 48 años y con una familia formada en el país galo tiene claro que no volvería a España. “Tengo raíces en Francia muy grandes, ahora ya no regresaría más que alguna vez de vacaciones para ver a los que me quedan allí”, confiesa.

Agustina ha encontrado la felicidad fuera de su país pero todavía recuerda lo duros que fueron los primeros momentos, “al principio tuvimos muchos problemas, entre otras cosas la casa donde vivíamos, que no era demasiado apropiada para vivir, además, estábamos solos, pero poco a poco todo eso se fue solucionando”.

Su vida profesional la califica de “catástrofe” y es que trabajó en dos fábricas que acabaron quebrando, aunque finalmente encontró la estabilidad atendiendo a personas mayores y como empleada de hogar.

Hay pocos finales felices y son muchos los que todavía siguen luchando por una vida digna, jóvenes que buscan una oportunidad, familias que huyen de los bombardeos, los conflictos y la inseguridad, hombres que arriesgan su vida por sacar adelante a los suyos y madres que siguen soñando con que sus hijos dejen atrás una vida de dolor y miserias en la que cada día puede ser el último.

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6 comentarios en “El futuro que no imaginaron

  1. Me ha resultado impactante como la mayoria de inmigrantes a pesar de estar mas que cualificados se resignan y tienen asumido que se les va a negar muchas oportunidades por ser de fuera.
    Me ha parecido muy interesante.

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  2. Me ha encantado el artículo, resume perfectamente la situación migratoria que vivimos en la actualidad. En mi caso, siempre que he trabajado en el extranjero he tenido buena acogida, a excepción de algún comentario aislado. Si bien es cierto que en mi lugar de trabajo, un centro de acción social, veo a diario muestras de racismo hacia los inmigrantes, sobretodo por tener los mismos derechos sociales que los nacionales.

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    1. Me ha encantado, un articulo muy bueno. Me parece qe refleja muy bien la realidad de la inmigracion.

      Un tema sobre el que todavia hay muchos prejucios y topicos en nuestra sociedad. Por eso cuando hablamos o escribimos sobre este tema me parece muy importante conocer y contar la realidad que vive la gente inmigrante, lo que la autora de este articulo refleja muy bien.

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  3. Me parece interesante el enfoque planteado, las dos caras de la migración en España, la inmigración y la emigración que se están dando simultáneamente, y el reflejo de la problemática común de la migración ya sea el inmigrante que llega a España o el español que emigra a otro país.

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  4. El trabajo me ha encantado. En el se refleja la triste realidad del ser humano hoy en dia, y la verguenza de los gobiernos del siglo XXI que lo estan consintiendo.

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