La Jungle

La nueva Jungla de Calais sigue aglomerando a refugiados que huyen de sus países de origen por guerras, persecuciones políticas o religiosas. El campamento se ha convertido en el hogar de más de 3.000 personas que conviven en un espacio de menos de 1 kilómetro de largo y 500 metros de ancho. La Jungla va camino de convertirse en un pequeño pueblo con bares, tiendas, mezquitas e iglesia, y hasta su propio colegio.

Un reportaje de Miguel Moreno, 25 de septiembre, 2015.

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Localización del campamento la Jungla / Google Maps

Un descampado en las delimitaciones de la ciudad portuaria de Calais, al norte de Francia, se ha convertido en un campamento improvisado para albergar a los refugiados que llegan al norte del país para cruzar la última frontera. Desde el pasado mes de abril un mar de tiendas de plástico destaca sobre los arbustos de lo que fue un antiguo vertedero, miles de personas, entre 3.000 y 4.000 estiman las autoridades francesas, viven esperando.

El nuevo Distrito de Calais

No existe un censo de la gente que vive en la Jungla, pero basta con dar una vuelta por su camino principal, que rodea todo el campamento, para distinguir sus barrios. La entrada esta junto a la salida 2 de la N-216, una autopista que rodea la ciudad, escoltada por dos furgonetas de la Policía Francesa y entre cuatro y seis agentes. Hay que remarcar que la policía no entra en el campamento y desconoce mucho de los incidentes que ocurren, las ONG y voluntarios que ayudan en la Jungla son mejores fuentes que las autoridades francesas.

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Mapa del campamento / JungleLife

La entrada, de unos 30 metros de asfalto, está llena de tiendas de campaña a los lados y gente acampada bajo el puente de la autopista. El camino de asfalto del ‘nuevo distrito’ de Calais acaba en una bifurcación de caminos de tierra en direcciones opuestas, pero que al final vuelven a coincidir en una carretera de asfalto que delimitaba el vertedero. El camino de la derecha va hacia el sur, territorio afgano, pakistaní e iraní, y el de la izquierda, en dirección norte, se asientan los de Kuwait, Sudán, Eritrea y Etiopía.

La zona sur se divide en tres barrios – grupo de chabolas, tiendas de campaña, tiendas – por los que transitan bicicletas, furgonetas de reparto o todoterrenos de los voluntarios. En una plaza asfaltada que hay a mitad de camino, la vida transcurre entre afganos e iraníes en lo que se puede considerar la plaza más transitada de la Jungla. Al atardecer el Afghan Café se llena de voluntarios y refugiados de todos los países para tomar comida caliente y té. A lo largo del campamento hay pequeñas tiendas, montadas en su mayoría por pakistaníes y afganos, donde comprar alimentos básicos y bebidas como agua, cerveza o refresco.

Un afgano ofrece un cigarrillo a otro. Los cigarros son un bien preciado dentro del campamento.
Un afgano ofrece un cigarrillo a otro. Los cigarros son un bien preciado dentro del campamento / Miguel Moreno

Tras la plaza, antes de llegar al barrio iraní, están la iglesia ortodoxa y la biblioteca. Los eritreos y etíopes acuden a la iglesia mientras la mayoría de migrantes acuden a alguna de las seis mezquitas que hay por el campamento. La religión está muy presente en la vida de la Jungla.

Un eritreo reza dentro de la Iglesia ortodoxa / Miguel Moreno
Un eritreo reza dentro de la Iglesia ortodoxa / Miguel Moreno

En esta zona del campamento, la sur, el camino está transitado por bicicletas, furgonetas de reparto seguidas de largas colas para coger suministros, o colas de niños que van a la biblioteca. Los iraníes, pakistaníes y afganos llaman muy a menudo a sus familias en sus países de origen. El joven de 16 años Hayatkhan mantiene el contacto a través de su smartphone con su seres queridos en Afganistán. La propia entrada de la iglesia tiene una zona de puertos para cargar los dispositivos de los refugiados. Hayatkhan huyó por razones políticas y religiosas y quiere llegar a Inglaterra porque tiene familia en Birmingham, donde pretende seguir estudiando. Llegó a Calais a través de Irán, Turquía, Grecia e Italia y no tiene dinero ni ayuda para cruzar el canal de la Mancha. Hayatkham lleva apenas mes y medio en la Jungla y, prácticamente cada noche, intenta escalar la valla o colarse por algún agujero para llegar de cualquier manera a Inglaterra, ya sea en ferry, tren o camión.

Hayatkhan se prepara para comer con su tío y su primo en el barrio afgano.
Hayatkhan se prepara para comer con su tío y su primo en el barrio afgano / Miguel Moreno

Los afganos huyen principalmente por razones políticas o religiosas, como los iraníes, que tienen un gobierno en el que el puesto de líder supremo es vitalicio. Es él quien tiene la última palabra en algunas cuestiones de política exterior y de política nuclear, modificaciones de la Constitución o amnistía para presos. Cualquier oposición al gobierno, como acudir a una manifestación, se salda con una tortura y posterior condena en prisión.

Las historias al otro lado de la Jungla no son la otra cara de la moneda. Los sudaneses del sur lograron la independencia de Sudán del Norte hace cuatro años y llevan 24 meses en una guerra civil que se ha cobrado más de 50.000 muertos. Altaj Hamed estudió en Sudán para ser profesor de inglés, pero desde el 2003 su país vive sumergido en una espiral de caos y violencia de la que tuvo que huir. Cruzó la frontera a Libia, donde conoció a un tipo que le llevó a Grecia, donde conoció a otro que le llevó a Italia, finalmente cruzó a Francia y llegó Calais hace cinco meses. En la Jungla comparte tienda con otra docena de jóvenes sudaneses que huyeron de la guerra, en su mayoría gente con estudios, como Sabie Mohammed, arquitecto en Sudán y que ahora ayuda a construir chabolas más resistentes.

Un grupo de sudaneses se prepara para comer un plato de fideos que han preparado con fuego de leña.
Sudaneses se preparan para comer fideos que han hecho con fuego de leña / MM

En la zona norte, cerca del barrio de los sudaneses y kuwaitís, está el campamento médico de ‘Doctors of the World‘, donde se atiende principalmente a los que vuelven con alguna lesión tras tratar de cruzar el Eurotúnel. Los médicos tratan brazos rotos y esguinces de tobillo que se producen al caerse de los camiones o cortes en las extremidades al intentar saltar las vallas con alambre de espino. Hay una pequeña explanada junto al campamento médico en la que cuando el tiempo lo permite, y la lluvia no embarra el terreno, se juntan para jugar al fútbol al atardecer.

El Jules Ferry Centre delimita el campamento por el norte. El centro abre unas pocas horas cada medio día, permitiendo a los refugiados ducharse, ir al baño, recargar los dispositivos electrónicos y también reciben consejos sobre cómo pedir asilo político en los países europeos.

Objetivo Reino Unido

Todos los que están en Calais quieren llegar al Reino Unido. La Jungla se ha convertido en un limbo para los refugiados que, tras cruzar hasta siete fronteras, se ven forzados a esperar. Aguardan su oportunidad para cruzar una última frontera. Cruzar el canal de la Mancha no es fácil, pero muchos de los que están en la Jungla han cruzado ya el Mediterráneo. Como dice el profesor Altaj Hamed, Inglaterra es el “sueño, la esperanza de una vida mejor”.

Justo antes de que se ponga el sol, la entrada del campamento se convierte en el punto de encuentro para las marchas nocturnas que intentarán saltar las vallas, eludir la seguridad privada y policía francesa, colarse en un camión o tren y cruzar el Eurotúnel hasta suelo inglés. Poco se sabe de los que lo han conseguido, porque, por consecuencia, no vuelven a la Jungla, dejando atrás meses en el limbo.

El fútbol, como otras variantes del voleibol, son los deportes más practicados al atardecer en la Jungla.
El fútbol, como otras variantes del voleibol, son los deportes practicados al atardecer en la Jungla / Miguel Moreno

Ammar Hamed, sudanés de 26 años, lleva seis meses intentando llegar al Reino Unido. Su objetivo es Escocia, donde le espera su hermano mayor, pero las autoridades francesas no paran de reforzar los alrededores del puerto y entrada del Eurotúnel con vallas con alambre de espino.

Francia como segunda opción

El nigeriano Zimako es uno de los personajes más conocidos del campamento porque tiene teléfono móvil y los periodistas quedan con él para que les enseñe cómo funcionan las cosas en la Jungla. Zimako tuvo que huir de Togo, de donde era su madre, tras las elecciones de 2010 porque su padre trabajaba para el anterior gobierno. Huyó a Libia hasta que la guerra civil de 2011 le obligó a hacer las maletas de nuevo. Pasó dos años en Italia antes de recalar en Calais hace ya seis meses. Zimako ha comenzado el proceso para quedarse en Francia, donde si le admiten intentará estudiar diseño de webs.

Estudia francés en la escuela de la Jungla junto con otros refugiados que llevan ya meses intentando llegar a Inglaterra sin éxito, y ven la opción de quedarse en Francia más viable. La escuela funciona gracias a profesores voluntarios de inglés y francés que dan clases a los refugiados. Los niños también van a la escuela, y por la tarde acuden a la biblioteca o pasan tiempo con voluntarios.

Refugiados lavan la ropa en un surtidor de agua que hay en el campamento.
Refugiados lavan la ropa en un surtidor de agua que hay en el campamento / Miguel Moreno

Ningún refugiado que esté en la Jungla tuvo Francia como primera opción. Desconocen la lengua y la cultura francesa. Hablan de racismo, de que en Francia no hay una integración real de los inmigrantes africanos. Pero tras cinco meses en el limbo, obligados a esperar y ver como las opciones de cruzar a Inglaterra se desvanecen, la opción de Francia no está de más. Muchos empiezan el proceso, estudian francés y por las noches siguen intentando colarse en camiones o trenes.

La vie à la Jungle

El tiempo transcurre en la Jungla, de eso no hay duda. Desde que los primeros llegaron a este vertedero a principios de año, a el asentamiento que hay montado hoy en día, han pasado cosas, han venido políticos, han llegado más migrantes, otros han cruzado ya el Eurotúnel y otros han muerto. Cada vez hay más refugiados, y de más países. El reparto de alimentos, tiendas y ropa no está al gusto de todos. Hay zonas del campamento que son más difíciles de acceder en vehículo. Los iraníes se quejan de que los sudaneses tienen más cobertura alimenticia, mientras que los eritreos no reciben tantas tiendas como los afganos.

El problema es de organización. Muchas de las ayudas que llegan, en su mayoría del Reino Unido, llegan en furgonetas de reparto que, al llegar al caos de la Jungla se paran donde mejor les viene, ya sea junto a la entrada, la plaza afgana, o la carretera trasera del vertedero y descargan las cajas ante la muchedumbre. Tampoco es culpa de las repartidores. Ellos no tienen un favoritismo a unos u otros, es que simplemente hay caos y mucha gente a la que atender.

La plaza afgana donde furgonetas descargan las ayudas sin organización.
La plaza afgana donde furgonetas descargan las ayudas sin organización / Miguel Moreno

Hay ayudas mejor organizadas, como las de Drive for Humanity o la de Liz Clegg, una inglesa que tiene un almacén donde agrupa y organiza las ayudas que llegan desde el Reino Unido para después distribuirlas de manera organizada por el campamento. Liz es conocida como la madre del campamento. Voluntarias de Drive for Humanity alaban el cometido de Liz. “Ha sido zarandeada, y hasta amenazada de muerte, pero sigue cuidando de todo el mundo”, asegura Tifa Givian, una joven inglesa de origen iraní que lleva diez días ayudando en el campamento. 

Tifa vino con Chez Kaur de Inglaterra tras conocer lo que ocurría en Calais por las noticias. Vinieron por su propia cuenta y en apenas diez días todo el campamento las persigue para pedirles un impermeable o una tienda de campaña, o simplemente para saber cuándo es el próximo reparto o tomar el té en el Afghan Café al atardecer. Existe una gran diferencia entre las ayudas externas y las ONGs presentes dentro del campamento. Entre el barrio iraní y la carretera trasera hay una zona donde los voluntarios acampan. Hacen turnos de entre seis y ocho horas ayudando, organizando y repartiendo por todo el campamento. Chez asegura que el ambiente en el campamento es tenso. Es difícil organizar a tantas culturas diferentes en un espacio tan reducido. Chez, de todas formas, dice que es posible, que el problema no son las procedencias sino la desesperación de huir de tu hogar.

Aún está en mente la pelea de la semana pasada entre afganos y sudaneses. “400 vs 400” dicen los voluntarios, que por suerte no se saldó con ningún muerto, a diferencia de otro altercado que hubo hace unas semanas y murió un eritreo.

Chez Kaur, al frente, y Tifa Givian, detrás, organizan la cola de refugiados que llega al camión de Liz.
Chez Kaur, al frente, y Tifa Givian, detrás, organizan la cola de refugiados que llega al camión de Liz / Miguel Moreno

La tensión se debe sobretodo por el mal reparto de las ayudas, asegura Tifa, que muestra su enfado cuando llega una furgoneta a la plaza afgana y descarga las cajas sin orden ninguno ante grupos exaltados de diferentes países. Expone que el reparto desorganizado es lo que crea el mal ambiente que hay entre zonas del campamento. Poco después Tifa y Chez se encargan de organizar el reparto de zapatos que ha traído Liz de su almacén. Estos repartos son más organizados, los voluntarios se encargan de que haya una cola ordenada y nadie se cuele o pueda pedir una doble ración.

El futuro de la Jungla

Los refugiados están cansados de la prensa. El boom mediático les alcanzó antes de verano, cuando, principalmente los medios ingleses, llegaron para hacer todo tipo de reportajes. Los que vivieron esa etapa no guardan un buen recuerdo de la prensa. Las cámaras no están bien vistas y muchos lamentan que los diarios ingleses, por sensacionalismo, cambiasen sus palabras e incluso se inventaran citas.

Lo primero que quieren todos en la Jungla es que no se les aplique el término migrantes. Con cada individuo que cruces palabra te recomendará mirar en internet como van las cosas por Darfur o las montañas Nuba en Sudan, la situación en Eritrea, las últimas actividades de los talibanes en Afganistán o como tratan a ciertas minorías en Irán o Pakistán. En este contexto, en este campamento, no cabe el término migrante.

Un sudanés limpia sus vaqueros mientras otro se lava las manos.
Un sudanés limpia sus vaqueros mientras otro se lava las manos / Miguel Moreno

El primer ministro galo, Manuel Valls, declaró a finales de agosto que se trata de una crisis migratoria de “excepcional gravedad”. También anunció el compromiso de su Gobierno de construir un campo humanitario que estará disponible a principios de 2016. Estaría compuesto por 120 grandes tiendas de campaña, para 12 personas cada una y tendrá como objetivo acoger a unas 1.500 personas.

Valls precisó que será construido donde se asienta la Jungla actual y que será complementario al centro Jules-Ferry que en la actualidad acoge a 115 mujeres y niños.

Pero hasta que se construya el nuevo campamento la policía realiza redadas a lo largo de la ciudad, llegando a utilizar gases lacrimógenos, para agrupar a los refugiados en los grandes campamentos autorizados como la Jungla. Doctors of the World sigue denunciando las condiciones en las que los refugiados viven, rodeados de basura y sin ayudas más allá de los voluntarios que se acercan por sus propios medios.

La vida sigue en la Jungla, y el invierno está a la vuelta de la esquina.

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