China cambia el rojo por el verde militar

Texto e imágenes Lucía Gascón @luciagascon

Pekín, 3 de septiembre a las 10 de la mañana. Una instantánea insólita invadía una de las ciudades con más actividad de China. Sus calles vacías y comercios cerrados hacían presagiar que algo inaudito estaba teniendo lugar en la capital del país más poblado del globo. Pero no se trataba de una catástrofe natural o una amenaza de epidemia. Lo que hacía contener la respiración a autóctonos y foráneos en el centro de la ciudad era un desfile militar, pero no uno cualquiera. La segunda potencia mundial se disponía a vivir un acontecimiento sin precedentes para conmemorar el 70 aniversario de la rendición japonesa en la II Guerra Mundial y mandar un mensaje a la comunidad internacional. Alto y claro, en un color verde militar.

Calles vacías en Pekín la mañana del 3 de septiembre/ Lucía Gascón

Carteles anunciando esta fecha empapelaban los rincones de la urbe. Incluso el día fue declarado festivo nacional para que nadie se perdiera un detalle de lo que estaba aconteciendo. Y así lo hicieron. Todos admiraron las últimas adquisiciones armamentísticas del ejército de su país, la mayoría pegados al televisor en sus hogares. Otros hacían cola desde primera hora de la mañana, ataviados con sus teléfonos móviles de última generación, a lo largo y ancho de la avenida Chang An -que quiere decir “Paz Eterna”- y que conduce a la plaza Tiananmen y a la puerta de la turística Ciudad Prohibida. Pero ese día, los turistas poco tenían que hacer en Pekín salvo pasear por calles desérticas o dirigirse a esta abarrotada calle pequinesa.

Los museos, palacios y demás enclaves turísticos se clausuraron al público durante todo el día. China también cerró su espacio aéreo. Ningún avión despegó o aterrizó durante tres horas de los dos aeropuertos de Pekín -el Beijing International Capital y el Nanyuan-. Tampoco las líneas de metro funcionaron esa mañana. Y tan sólo algunos autobuses circulaban con dificultad con un puñado de viajeros, sorteando calles cortadas. Pero aún allí, en el interior de la cabina y para ese reducido público, una pequeña televisión retransmitía en directo el desfile. No había duda dónde debía dirigirse la atención durante esas primeras horas del día.

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Una pequeña televisión en el interior del autobús retransmite el desfile/ Lucía Gascón

Desde el interior del autocar, se podía observar cómo prácticamente todas las calles que iba dejando atrás estaban tomadas por voluntarios del Partido Comunista con camisetas azules y brazaletes rojos. Cada 3 metros, a lo largo de la calzada, ellos eran los encargados de velar a pie de calle para que todo saliera según lo previsto. Nada se dejó a la improvisación el pasado 3 de septiembre.

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Los tanques pasan por delante de la Puerta de la Ciudad Prohibida/ Xinhua

Un total de 10.000 fábricas dejaron de funcionar para garantizar un cielo azul libre de contaminación que sirviera de marco perfecto para exhibir músculo militar. Con este fin, el gobierno también ordenó la restricción del tráfico durante los días previos: prohibió circular a la mitad de vehículos de Pekín entre el 20 de agosto y el 3 de septiembre. Asimismo, la puerta de Tiananmen -la entrada al antiguo palacio imperial de la Ciudad Prohibida donde se exhibe el retrato del dictador Mao Zedong- se restauró para la ocasión. Permaneció cerrada durante dos semanas para lucir la mejor de sus caras.

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El presidente ruso, Vladimir Putin; el chino Xi Jinping y la presidenta surcoreana Park Geun Hye/ Xinhua

La fijación por el presidente Xi Jinping para que nada usurpara la atención de sus tropas podría considerarse incluso obsesiva. Días antes, se revisaron las oficinas de los edificios que dan a la avenida Chang An en busca de cuchillos, mecheros y demás objetos punzantes que pudieran ser usados contra los grandes líderes internacionales que recibieron la invitación para este evento. Pero ninguno occidental acudió a la cita, para no tomar partido en una pugna que no entendían como propia. Sí lo hicieron el presidente Vladimir Putin, principal figura entre los dirigentes extranjeros; la presidenta surcoreana, Park Geun-Hye, cuyo país estuvo colonizado por Japón; el venezolano Nicolás Maduro o el presidente surafricano, Jacob Zuma. Además del secretario general de la ONU, Ban Ki-moon. Todos asistieron a un cuidado espectáculo de tropas y “juguetes” de guerra.

Según explicó a esta publicación el historiador José Ruiz Andrés, especializado en historia contemporánea de China e investigador asociado del Observatorio de Política China, este acontecimiento fue diseñado por el gobierno chino como “una auténtica demostración de poder con una estrategia política doble: mostrarse ante sí mismos y ante el mundo como ‘una nación’ de primer orden, que es algo que la población local no acaba de asumir del todo”.

En este sentido, añade que su presidente Xi Jinping buscaba con este gran desfile “crear un sentimiento patriótico entre su población, marcando distancias con la memoria colectiva americanizada de la Segunda Guerra Mundial como Salvar al soldado Ryan o El desembarco de Normandía”. A través de películas, series de televisión y celebraciones locales y estatales, el gobierno chino busca “colocarse en el imaginario para sus propios ciudadanos de primera potencia”, afirma Ruiz.

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Uno de los tanques que se pudieron ver durante el desfile. Lucía Gascón

La mañana del pasado 3 de septiembre alrededor de 12.000 soldados y 500 vehículos desfilaron buscando la mirada del mundo entero y reivindicando el papel que libró China en la II Guerra Mundial. Cerca de 200 aviones y helicópteros sobrevolaron el cielo, símbolo de la actual fuerza creciente de China en la escena internacional.

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Cientos de aviones y helicópteros sobrevuelan el cielo de Pekín/ Xinhua

 

Pero, para el experto Ruiz, hay varios matices que hacen contradictorio el mensaje que envió el presidente Xi Jinping durante el discurso que abría el desfile, de 50 minutos de duración, a países como Estados Unidos y Japón –dos de sus históricos enemigos-.

El discurso lo realizó acompañado de sus antecesores en el cargo, Jiang Zemin y Hu Jintao. En él anunció la reducción de efectivos terrestres con lo que pretende otorgar más importancia a las fuerzas navales y aéreas, para modernizar el Ejército Popular de Liberación (EPL).

Una buena parte de los sistemas de armamento que allí se mostraron eran de última generación. Un 80 por ciento de todos ellos fueron exhibidos al público por primera vez, como el misil antibuque DF-21D o el bombardero de alcance medio H-6K, que dotan a las fuerzas chinas de capacidades ofensivas, nunca antes conocidas. Además, la mayoría de eran de fabricación china, algo que no ocurría en épocas pasadas, cuando dependía de las importaciones rusas.

Pero, por qué ahora un desfile militar de tales dimensiones. Para Ruiz, el mensaje, “por muy claro que se vea desde la lejanía, en el fondo es contradictorio”.

“Podría parecer que se trata simplemente de una demostración de músculo y de posibilidades. Y evidentemente mucho de ello tiene un desfile militar. Pero por otro lado, las declaraciones de Xi Jinping, con respecto a reducir el número de efectivos en 200.000 hombres también es un gesto de buena voluntad. Personalmente no creo que se esté desenterrando ningún hacha de guerra, simplemente el recordatorio de que la República Popular China está dispuesta a defenderse. Son lógicas que se repiten desde la guerra fría, y se trata de una escalada diplomática a la defensiva donde tanto Beijing como Tokyo no quieren quedarse aisladas y donde Estados Unidos tiene mucho que ganar, sobre todo ante el surgimiento de un bloque internacional de grandes potencias emergentes –Brasil, Rusia, India, la propia China y Suráfrica, los BRICS– tiene una propuesta mucho más multipolar”.

En dicho discurso, el presidente Xi Jinping saludó la victoria de 1945 contra Japón, un acontecimiento que hizo posible, según sus palabras, que “China volviera a ser un gran país en el mundo”. “China no buscará jamás la hegemonía, como tampoco buscará extenderse. Nunca impondrá sufrimientos trágicos a otras naciones”, sentenció el presidente, mandando un claro mensaje a Japón.

En esta línea, una portavoz de la diplomacia china, Hua Chunying declaró en una comparecencia regular ante la prensa, que “las tropas chinas son tropas para la paz”, por lo que “cuanto más fuertes sean, mejor podrán garantizar la paz mundial”.

  • Tensión entre China y Japón

La conmemoración de esta simbólica fecha ha vuelto a alimentar las tensiones que Tokio y Pekín mantienen por disputas históricas y territoriales. El Gobierno nipón tachó de “anti-japonés” el discurso pronunciado por el presidente chino y señaló que sus palabras dificultan la reconciliación entre ambas potencias.

En este sentido, Ruiz enmarca la decisión de realizar un desfile “a lo grande” en estos momentos de tensiones con Japón y Estados Unidos.

“China tiene un tira y afloja con EEUU en las Diaoyu y las Spartley. La soberanía de esos territorios condiciona fuertemente la posición hegemónica de unos o de otros en la región. Y la República Popular China está necesitada de una salida al mar. Pero también responde a la escalada militarista de Shinzo Abe -primer ministro japonés-, que recientemente ha realizado unas reformas en el ejercito que vuelven a traer los viejos fantasmas de la guerra a la región. La última de ellas, aprobando constitucionalmente los combates que puedan realizarse en “ultramar”. Esta actitud, que tanto rédito electoral puede darle a Abe, lo que crea es crispación en la región. No sólo a China, Corea del Sur por ejemplo, también muestra inquietud ante esta decisión. Además, esto se puede sumar a una actitud contradictoria con respecto a la asunción de culpa por parte del gobierno de Tokyo, en relación al honramiento a criminales de guerra durante la II guerra mundial, por parte de las principales autoridades políticas, entre ellas el propio Abe”.

  • China reclama su lugar en los libros de historia

China no sólo reclama un reconocimiento a su presencia como “gran nación” en el panorama político internacional actual. También reivindica su lugar en los libros de historia, como sugiere la periodista y corresponsal de EFE en Pekín, Tamara Gil, en un reciente artículo.

Tal y como señaló la periodista para este blog, China considera que “la historia eurocentrista está anticuada”. Por ello, “Pekín reclama el protagonismo que nunca antes tuvo, al menos, en nuestros libros de Historia. El Gobierno de Xi aduce que la invasión que sufrió China por parte de los japoneses durante la II GM -que tuvo capítulos tan sangrientos como la masacre de Nankín, en la que 20 mil mujeres y niñas fueron violadas, y 300 mil personas fueron asesinadas, según datos chinos- fue clave para la rendición de Japón en la segunda gran guerra. Sin la resistencia de los chinos, defiende Pekín, Japón hubiera invadido más territorios. Si bien es cierto que el mayor contingente de soldados japoneses en el extranjero se ubicaron en China, Pekín pasa totalmente por alto la importancia de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki”, indica la corresponsal.

Sin duda, la conmemoración del final de la II Guerra Mundial no fue una celebración aleatoria o vacía de significado. China está dejando de vivir de puertas para adentro, para gritar al mundo y hacer entender a sus habitantes, que la segunda economía mundial fue en el pasado y es en la actualidad una “gran nación” que no debe ser ignorada. Por ello, ahora para demostrar esa fortaleza, China cambia el rojo –ese color que tradicionalmente ha simbolizado la buena suerte, el progreso o la justicia- por el verde militar; menos glamuroso pero con un mensaje más claro para la comunidad internacional.

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