La tragedia griega del hijo descarriado

El nuevo Gobierno griego es el hijo en mitad de un matrimonio divorciado. Tsipras y su ejecutivo están sometidos, desde que ganaran las elecciones el pasado 25 de enero, a una tensión creciente que ejercen, por un lago Europa y la Troika; y por el otro, el pueblo griego.
Un padre, Europa. Y una madre, Grecia. Y un hijo que peca de madrero pero al que su padre trata de sobornar con la autoridad de la experiencia y el bien común.
El pueblo griego se ha percatado, como el resto de la Europa indignada, la de los pueblos, de este chantaje.
Los helenos no han visto debilitadas sus ganas de movilización, que no se han agotado tras la participación del pasado mes de enero. Más bien al contrario: creen firmemente en un cambio por el que han votado, por el que se han movilizado, y por el que siguen haciéndolo.
Ganadas las elecciones, electorado y simpatizantes de la fuerza ganadora, Syriza, han vuelto a llenar la plaza Syntagma de Atenas con una consigna clara: “contra el chantaje del BCE”.

Varios miles de personas se concentraron el 5 de febrero en la simbólica plaza para apoyar al nuevo Gobierno, que ya ha comenzado una gira europea para tantear los ánimos en sus socios comunitarios.
Esa gira le ha dado a Tsipras una idea de que probablemente va a encontrar más resistencia al cambio de la que podría haberse imaginado: los socios europeos, o los padres (a los que ni Grecia, ni Italia, ni Portugal, ni por supuesto España hablan de tú a tú), han rechazado ya la alternativa de Grecia a pagar la deuda con bonos ligados al crecimiento. Son muchas las líneas rojas que marca Europa, y una sola la línea verde. Es decir, que el padre solo prescribe un camino correcto a su hijo descarriado. Un camino que no es otro que pedir a los encendidos griegos que desistan de sus arranques populistas y actúen movidos por la razón. Pero por una razón que viene impuesta y que bebe de unos intereses ajenos a los del pueblo griego.
La auténtica cuna de la democracia, la de origen grecoromano, la que sentó hace tres milenios las bases de la cultura occidental, es hoy una entelequia. Las democracias periféricas en Europa no son tal cosa. El gobierno del pueblo que sirve a una voluntad general es una estrategia de marketing.
Partamos de la base de que no hay democracia posible si no hay clase media y si no hay condiciones objetivas para el bienestar común de un pueblo. Partamos de la base de que los Gobiernos se deben a su pueblo y no a entidades ajenas. Partamos de la base de que la democracia ha quedado vacía de contenido. Y solo así podrá verse la realidad de lo que esconden las mentiras discursivas de quienes ostenta el poder económico (el onmipoder) en Grecia, en Italia, en Portugal y en España.

Pablo Iglesias acompaña a Alexis Tsipras en el mitin de cierre de campaña en Grecia (Reuters)
Pablo Iglesias acompaña a Alexis Tsipras en el mitin de cierre de campaña en Grecia (Reuters)

El interés que verdaderamente prima en la política doméstica de cada país del sur de Europa es el de la Troika. Es el mismo interés que hoy atenta contra el sentido común; y mientras en Grecia crecen de forma abismal las diferencias sociales, se enflaquece el Estado del Bienestar, y se deja en la cuneta al grueso de la población, los acreedores de Grecia dicen que no pagar la deuda es un suicidio. Y que atenta contra los intereses de los griegos.
Los desahucios, la pobreza energética, la pérdida del poder adquisitivo de los griegos, la exterminación de su clase media, la privatización de sanidad y educación… Son, según el BCE, un mal menor, un daño colateral, una consecuencia del sacrificio heroico de este pueblo. Un sacrificio asumible, a ojos del Eurogrupo, que soporta siempre desde la torre de marfil y nunca en sus carnes el quedarse, por ejemplo, sin hogar.
Se habla de un bien común: asumir la deuda griega, y someter a las arcas públicas helenas a un proceso de purga es un deber que contribuye a conseguir una meta conjunta y un beneficio para todos. Pero los griegos no obtienen beneficios reales al pagar su deuda. La deuda griega no la ha generado el griego corriente que no tiene más riqueza que una casa y un trabajo. La deuda griega viene, en una parte muy importante, de los gastos generados por la organización de los Juegos Olímpicos de 2004. Y viene por la evasión fiscal, que hizo que los ingresos del Estado por cuenta de los impuestos sobre las rentas fueran insignificantes en comparación al gasto público. La deuda griega se fraguó con cifras maquilladas por el Gobierno de Kostas Karamanlís, de Nueva Democracia. Cuando Yorgos Papandréu llegó al poder en 2009, la situación de las arcas era mucho peor que lo que dejaban ver las cifras maquilladas de Karamanlís. Pero aquella deuda, aquel rescate que se vendió como “rescate o barbarie”, no ha sido por el bienestar de las personas. Los países y el FMI no han dejado dinero a Grecia para seguir sufragando un Estado del Bienestar.
Parece que la deuda griega ha sido el pretexto de oro para privatizar sectores tradicionalmente intocables. Sanidad y educación han sido, al menos en Europa, competencias del Estado, y muy residualmente se ha permitido la explotación de estos servicios por parte del sector privado. Se trata de economías capitalistas en las que negar la entrada en un determinado mercado al capital privado, constituye una herejía a los principios del neoliberalismo. Así que las clínicas privadas y los centros de enseñanza privados han existido, pero no han tenido hegemonía. Han hecho negocio, pero se han estancado. Como se han estancado muchos otros capitales, comerciales, financieros, que, ante el colapso de no poder seguir creciendo, han visto en la sanidad y la educación una posibilidad de crecimiento y de enriquecimiento. Aunque ese enriquecimiento fuera en detrimento del bien común.
Y es que, esta deuda, la griega, o la española, han sido un pretexto para dar salida al gran capital financiero que ya no sabe en qué invertir.

¿A quién deja de pagar Grecia si no paga su deuda?

Los cuatro principales acreedores de Grecia son Alemania (que tiene 72.720 millones de la deuda griega), Francia (con 55.208 millones de euros), Italia (48.380 millones de euros) y España (33.014 millones de euros).
Cuando en España se aplicaba una salvaje política de austeridad, se estaba prestando dinero al rescate de un país endeudado por algo tan relativamente necesario como unas olimpiadas…
Ahora que la victoria de Syriza promete una Primavera Europea, un contagio de ilusión y cambio por el sur de Europa, se habla del peligro de la izquierda populista griega y de la española. Se habla de que Syriza puede ser el germen del caos, de la desintegración del mundo como lo conocemos, de la caída de los bancos y los índices bursátiles. Los abismos del cambio siempre son oscuros hasta que uno no se adentra en ellos. Siempre se amenaza con el caos cuando la ilusión y el sentido común pugnan por imponerse al sinsentido de la democracia financiera.
Las políticas del nuevo Gobierno griego pueden sentar un precedente peligroso para el poder financiero, pero esperanzador para el pueblo que les ha votado. Y quiere frenarse eso por medio de un cordón sanitario de miedo. Pero la estrategia discursiva del medio ya no es efectiva cuando no hay nada que perder.

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