EL PODER DE UNA TETA EN EL ESCAPARATE

Por Lucía Gascón (@luciaGascon). OPINIÓN

Nunca un hombre se ha comprado por unos cuantos camellos. Ni a un varón le han cortado su órgano genital para que no sintiera placer. Tampoco se han enterrado vivos niños, por el simple hecho de nacer del género masculino. Y de ninguna de las formas, es la familia de él quién paga la dote, cuando hay un casamiento en la India. La mujer siempre ha estado en desventaja, desde que el hombre es hombre y ella concebida como su ‘objeto’ de deseo. Pero mucho ha cambiado esta realidad en algunas partes del mundo, y si lo ha hecho ha sido gracias a grandes nombres de mujer. Aunque esa lucha cada una la entienda a su manera.

La exhibición publica del cuerpo femenino siempre ha causado una gran conmoción, despertando todo tipo de reacciones –de esto la industria publicitaria sabe mucho-. Se utiliza para vender perfumes, pero también para “defender la igualdad sexual y social en el mundo”, o eso dicen las Femen, mujeres activistas en ‘top less’. Es curioso el poder que tienen un par de tetas en televisión, durante un pleno en las Cortes o junto a la presencia del Papa Francisco en un determinado acto público de gran trascendencia. Captan la atención indiscutible desde que aparecen, hasta que se van. Y eso lo saben muy bien y lo utilizan a su favor, las mujeres que integran el colectivo Femen.

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Empezaron su andadura en Ucrania allá por 2008 y desde entonces han cosechado todo tipo de halagos y críticas, entre la sociedad, incluidos otros colectivos feministas. Con sus cuerpos desnudos y su corona de flores han denunciado el turismo sexual, la corrupción, el derecho al aborto y a las relaciones entre parejas del mismo sexo.

En otra parte del mundo, hace exactamente treinta años las estadounidenses Guerrilla Girls eligieron una máscara de gorila como símbolo de su lucha dentro del movimiento arte feminista.

Según Kathe Kolwitz, una de las fundadoras de Guerrilla Girls, al principio ni siquiera pensaban que su trabajo fuera arte, lo consideraban puro activismo. Pero más tarde se dieron cuenta de que era ambas cosas a la vez: arte y activismo, hecho por mujeres que reclamaba su lugar en la industria.

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Reivindicaban que el arte no es vanguardista sino conservador, que deja de lado a buena parte de la sociedad, incluidas las mujeres y los hombres negros. En el Museo Metropolitan contaron el número de mujeres que aparecían desnudas en las piezas artísticas y el número de obras que estaban hechas por mujeres. Menos del 3 por ciento de las obras tenían nombre de mujer y el 83 por ciento de los desnudos eran femeninos. Para cambiar que la mujer fuera objeto y no sujeto del arte, buscaban que sus acciones fueran inolvidables.

Otro camino, mucho más discreto, es el que escogen mujeres anónimas, que no necesitan el ruido de los focos, pero que con su pequeño levantamiento lo cambian todo. Es el caso de Asha Ismail, de origen Somalí. Dice recordar un enorme dolor, cuyas consecuencias le acompañarían el resto de su vida. “Te cortan el clítoris, los labios menores y mayores, luego lo cosen para que esté completamente cerrado, con un agujero pequeño para orinar”. Su horror lo transformó en esperanza para su hija y otras niñas que pese a que estaban predestinadas a pasar por la mutilación de su órgano genital, fueron salvadas. Asha comenzó a concienciar a su familia, con el ejemplo mismo de su hija. No dejaría que le practicaran la ablación a su pequeña. Y así empezó a convencer también a su entorno.

Maneras y razones por las que luchar hay tantas como mujeres en el mundo. Las hay que se desnudan buscando las cámaras y la conmoción mediática, las que ocultan su identidad tras una máscara de gorila y las que en su pequeña comunidad deciden romper con una de las más atroces tradiciones y convencer a su entorno de que se puede y se debe.

Todas contribuyen a una lucha que tiene que dar solución a demasiadas causas pendientes todavía. A nosotros, en nuestra burbuja de comodidad y rutina diaria, se nos olvida que no somos ajenos a los horrores que amenazan la integridad de las mujeres a lo largo y ancho del globo. Muchas veces llaman incluso a nuestra puerta con cifras incómodas, como en el caso de la ablación femenina. Diecisiete mil niñas en España, están en riesgo de sufrir esta mutilación. Cerrar los ojos o mirar para otro lado, no hace sino que agravar el problema. Todas y todos podemos convertirnos en una Asha Ismail, en nuestra pequeña parcela del mundo.

 

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