Ber y lín y su cuarto de siglo

Ángela Pontes Rodríguez/Berlín. 

Ber y lín podía ser la historia de dos hermanos separados al nacer y unidos después de 28 años al acordar su padre Mr. EE.UU y su madre миссис. URSS que podían volver a juntarse. La euforia de dos hermanos que sabían de la existencia del uno del otro pero que no se podían ver, se desvaneció con el paso del tiempo e incluso se establecieron rencillas debido a las diferencias que existían entre ellos. Misma sangre y una historia paralela pero diferencias irreconciliables asentadas en más de dos décadas de separación.

Ber y lín no son dos hermanos, es una ciudad, la capital de Alemania pero el símil es adecuado para describir la situación de la urbe. El pasado 9 de Noviembre de 2014 se celebraba en la capital teutona el 25 aniversario de la caída de un muro que la mantuvo dividida durante casi tres décadas y forjó el carácter de sus habitantes a un lado y otro de ese bloque de cemento de 3,60 metros de altura.

La alegría y emoción de aquella fría noche del 9 de Noviembre de 1989 fue apagándose en este cuatro de siglo al hacerse palpables las diferencias sociales, económicas y políticas entre los wessi y ossi, manera despectiva para designar respectivamente a los ciudadanos del lado occidental y oriental del país. Las desigualdades son denominador común de toda Alemania pero se acentúan en Berlín ya que convivieron los dos sistemas económico-políticos de la época: capitalismo y comunismo, o lo que es lo mismo, la única ciudad en el mundo que albergó a la Guerra Fría.

Foto: diariomovil.com.ar
Caída del muro de Berlín. 9 de Noviembre de 1989

Al caer el muro los Ossis dejaron sus hogares para ir en búsqueda de mejores oportunidades laborales en el Oeste. Las empresas orientales, por su parte, tuvieron que enfrentarse al gran capital occidental. Batalla perdida. Muchas de ellas se declararon en bancarrota y cerraron. Cientos de viviendas quedaron vacías y comenzó el auge de la era okupa para “extranjeros” que no pertenecían a la antigua RDA. Artistas procedentes de todas las partes del mundo y de Alemania occidental se trasladaron a Berlín Este porque el alquiler, si es que lo había, se adaptaba a sus escasas posibilidades económicas. “Estos artistas o chicos jóvenes que vinieron a Berlín en la década de los 90 procedían del sur de Alemania, sobre todo de Stuttgart y Baviera. Querían vivir como los ocupas de los 80 pero con la gran diferencia de que ellos tenían fajos de billetes de papá bajo el brazo”, cuenta enfadada J.L, una joven universitaria de Berlín Este. “Esta gente mató Berlín, su esencia. Así ha surgido el fenómeno de la gentrificación . Esta ciudad era asequible para todos”.

Su comentario es compartido por muchos de los habitantes ursprünglich (originarios, como ellos dicen) de Berlín Este. Esta especie de racismo hacia los alemanes occidentales y especialmente a los extranjeros en una sociedad tan cosmopolita como Berlín, viene motivado, según explican los científicos por “una desilusión del sistema capitalista”. Cuando aquella noche del 9.11.1989 las fronteras se abrieron, los Ossis tenían sus esperanzas puestas en un sistema que les mejoraría sus condiciones laborales y económicas. Todo lo contrario, el cierre de fábricas y la emigración juvenil hacia el otro lado del muro dejó la zona desierta. Muchas empresas tienen que buscar hoy en día becarios en Polonia y en República Checa debido al escaso número de jóvenes residentes en Berlín Oriental.

Por estas causas, los científicos achacan el creciente racismo en el este a la desilusión de lo esperado. Al no cumplir sus expectativas y acarrearles más problemas de los que ya tenían, muchos de ellos rechazan hasta rozar el extremismo a los extranjeros residentes en la ciudad. Miradas de asco en el metro, mal trato en las administraciones públicas o risas por no hablar (bien) alemán son el día a día de muchos extranjeros que viven en la ciudad y sobre todo en el Este. “Muchos emigrantes y también refugiados vienen y me preguntan: ¿por qué se han tropezado conmigo otra vez, es a propósito?, ¿por qué me miran mal en el transporte público?”, me cuenta en entrevista Walid Chahrour director de BBZ Berlín y añade “Es una ciudad racista”. “Berlín no está acostumbrada a los extranjeros” cuenta un emigrante español que estuvo residiendo en Bonn durante 18 años, “aparte de que no hay trabajo y es muy pobre”. Un docente de alemán C. Zimmermann procedente de la región occidental de Nordhein-Westfalen explica a sus alumnos “por favor no toméis como referencia a Berlín como Alemania. Berlín no es Alemania”.

Esta última sentencia es muy común escucharla de la boca de los germanos originarios del Oeste. Las disimilitudes entre Occidente y Oriente tienen todavía las heridas abiertas. Los Wessis se quejan de que todavía tengan que pagar el Impuesto de Recuperación del Este, cuando iba a durar sólo unos pocos años. El Estado alemán transfiere cada año unos 30.000 millones de euros del Oeste al Este. En los llamados nuevos Estados alemanes el Producto Interno Bruto per cápita sigue siendo equivalente a un 70% del de la parte occidental del país.

Ganas de superación

Pero no todo va a ser malo en el Este berlinés. Los niños de Berlín oriental van a la guardería (Kita) desde una edad más temprana. Mientras que durante la Guerra Fría las madres occidentales se podían quedar en casa para criar a sus hijos, las mujeres trabajadoras de la RDA dejaban a sus pequeños ya al cuidado de profesores. Por eso en el Este un 50% de los niños acuden a las Kitas mientras que en la antigua parte de la RFA sólo un 24%, según los datos publicados por focus.de. En el Este además se produce menos residuos ya que prevalece todavía la costumbre de comprar sólo lo necesario.

Foto: www.spiegel.de
Niños alemanes en una Kita

Es muy cierto que una vez asentado en la capital germana la diferencias entre un lado y otro son palpables. La experiencia como nueva Berlinerin me lo muestra cada día. Pero aún así los alemanes intentan superar esas diferencias cada día, especialmente las nuevas generaciones. Muchos de ellos se toman un año sabático después de acabar la selectividad para viajar por el mundo. Tienen ansias de conocer nuevas culturas, gentes y aprender idiomas. Se abren al exterior. Por eso deciden venir a Berlín, ciudad multicultural en donde se respira libertad. Una libertad respetuosa que propicia que una ciudad de 3,5 millones de habitantes sea segura y que se pueda disfrutar de la vida después de 28 años de encarcelamiento interno.

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