La muerte silenciada de los sirios

“So when you want to make a change, as long as you’re talking about a national problem, every Syrian must have a say in it”.

 

“Cuando quieres hacer un cambio, siempre y cuando se esté hablando de un problema nacional, cada ciudadano sirio debe ser partícipe del mismo”.

 

Bashar al-Assad, presidente de Siria.

 

Hace casi cuatro años los ciudadanos sirios quisieron opinar sobre su futuro. La ola transformadora con la que soñaban, contagiados por la ‘primavera árabe’, les arrastró con más fuerza que nunca a la calle. El hartazgo y la indignación (que hervía en Siria desde mucho antes), se hacían visibles aquel marzo de 2011 en actos de protesta por todo el país.

Las principales ciudades sirias, Damasco, Alepo o Daraa, bautizada como “cuna de la revolución”, sentían en sus plazas y en sus calles el coraje de las mareas humanas pidiendo un cambio. El mismo que ahora menciona su presidente, Bashar al-Assad.

A Syrian refugee boy stands in front a big Syrian opposition flag at Al Zaatri refugee camp in the Jordanian city of Mafraq, near the border with Syria
Un niño, junto a la bandera de la oposición siria, en el campo de refugiados sirios de Zaatari (Jordania). Muhammad Hamed/Reuters.

Los manifestantes alzaban entonces su voz por un “problema nacional” y por transformar una Siria que no identificaban como suya. La humillación parecía haber tocado fondo; gran parte de la población se había cansado de vivir bajo el yugo del clan Assad, un régimen heredado, que, desde hacía décadas, se sustentaba gracias al poder de la palabra, la palabra armada.

Aquel grito desesperado desde las tripas revueltas del país hizo más ruido del esperado y su eco reverberó más allá de los límites deseados. Las ovejas parecían insistir en ejercer su derecho a la libertad de expresión, incomodando a su régimen; poco acostumbrado a que el rebaño despertara tan unido y con tanta fuerza del letargo involuntario que él mismo había inducido.

Bashar decidió entonces, en su habitual línea “dialogante”, dar la oportunidad a su pueblo de expresarse. Bajo tierra. Las voces que optaban por salirse de los raíles del discurso oficial eran transportadas a la muerte. O, en el mejor de los casos, perseguidas y silenciadas a base de tortura en alguna de las cárceles del territorio.

En el cuarto aniversario de la revolución todo recuerdo es trágico. Nada ha cambiado desde entonces. Excepto que ahora a Bashar al-Assad le respaldan unas elecciones presidenciales, las primeras en la historia del país. Decidió celebrarlas en plena guerra, haciendo gala de su espíritu “democrático” y de regeneración política. Un modesto 88,7 de los votos le convirtió en junio de 2014 en el inesperado ganador de una farsa con urnas que rebosaban desvergüenza y cinismo.

Durante estos cuatro años, la justicia pareció olvidarse de él. Una realidad especialmente dolorosa e injusta para todos los familiares que, bien desde los campos de refugiados de otros países o bien desplazados internos en la propia Siria, ven como la sangre de los suyos resultó inútil.

Los asesinatos de decenas de inocentes siguen perpetrándose a diario. De la misma manera que la impunidad sigue inyectando energía a sus verdugos.

El terror campa a sus anchas en Siria. Junto al régimen sirio, que escenifica mejor que ningún otro la represión sanguinaria e indiscriminada contra los civiles, surgen desde hace no mucho minorías ruidosas pero no representativas y de sádica propaganda como Daesh. Su presencia convierte al país en el paraíso del asesino.

Un infierno, sin embargo, para tantos otros que han ido sintiendo, poco a poco, cómo el mundo les abandonaba a su suerte y cerraba deliberadamente los ojos para no mirar su desgracia. Los ojos que ellos se veían forzados a cerrar al mismo tiempo al ser alcanzados por barriles de armamento químico.

“Muchas veces siento que el mundo le ha fallado a Siria”, reconoce Abdul Karim, ciudadano sirio residente en España. Cree que “a la muerte de los sirios nunca se le ha dado la importancia que merece”, exceptuando los periodos de las masacres más sangrientas como la de Al-Houla y Al-Ghouta. Para Abdul, el silencio que rodea sus muertes nace del “desinterés y de la insensibilidad de una población acostumbrada a lo dramático”.

Los regueros de sangre que se derramaron aquellos días de la ira en 2011 se han secado. Y con ellos toda esperanza de libertad.

Al igual que las más de 200.000 personas que ansiaban respirar ese aire fresco y que quedaron sin oxígeno en el camino. Cerca de 10.000 de ellos no llevaban ni dos décadas respirando.

La lucha por la libertad en Siria tiene un precio tan paradójico como la propia vida. Una vida que muere en silencio.

A handout image released by the Syrian o
La devastación del barrio de Al-Khalidiya en Homs, Siria. Reuters.

 

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