También es violencia

Isabel Reviejo (@isabelrgar). OPINIÓN. / “Pegarse está mal”. Ya nos lo decían cuando éramos pequeños y teníamos alguna riña con nuestros hermanos o nuestro compañeros de pupitre. Cuando crecimos, la sociedad nos enseñó otras cosas: “pegar a una mujer, por el mero hecho de serlo, está mal”; “Entre los hombres y las mujeres debe haber igualdad”.

Si nos dijeran en persona algunos de estos enunciados, que se nos antojan como básicos y simples, probablemente sentiríamos que se está ofendiendo a nuestra inteligencia. Que no somos tontos. Que ya lo sabemos. Es obvio. Gracias a (inserte aquí su divinidad preferida), la mayoría de la sociedad –que recordemos, no toda– ha interiorizado que la violencia machista es inaceptable. Ahora bien, resulta que tenemos un pequeño problema: todavía no hemos comprendido qué es la violencia machista.

La cantante Sasha Sokol es una imagen de la exposición "18 segundos" / Instituto de la Mujer
La cantante Sasha Sokol es una imagen de la exposición “18 segundos” / Instituto de la Mujer

La semana pasada despertábamos con una noticia de esas que hacen que nos planteemos si nuestra máquina del tiempo al fin funciona, porque hay cosas que, sencillamente, son incomprensibles en pleno 2015. El informe “La percepción de la violencia de género en la adolescencia y la juventud”, elaborado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), revelaba que el 33% de los jóvenes españoles con edades comprendidas entre los 15 y 29 años piensa que es “inevitable” o “aceptable” controlar “los horarios de su pareja, impedir que vea a su familia o sus amistades, no permitir que estudie o trabaje o decirle lo que puede y no puede hacer”.

Sin embargo, frente a estos datos se encontraba otro contradictorio: en este mismo segmento poblacional, el 96% de las mujeres y el 92% de los hombres consideran “totalmente inaceptable” la violencia de género. Con ello podemos sacar una conclusión, aparte de que habría que plantearse de dónde salen esos alarmantes 4% y 8% restantes, respectivamente: hay conductas y patrones de la violencia machista que son habituales en nuestra sociedad, pero que no están reconocidos como tal.

Más de un participante varón habrá respondido con decisión en la encuesta lo “inaceptable” que es la violencia de género. ¡Por favor, si él no es ningún maltratador, eso jamás! Pero a la hora de responder a las preguntas relacionadas con el control sobre la pareja, puede que su mente haya empezado a divagar. Y puede que haya encontrado justificación a estas conductas represivas con un “si lo hago es por su bien”.

Todavía queda trabajo por hacer para que se erradiquen ciertos brotes, a menudo invisibilizados, de este tipo de violencia. Porque también es violencia. Aunque esta sea una palabra que a menudo asociemos únicamente con los golpes, los gritos o los moratones, la violencia incluye todo acto que coarte la libertad de, en este caso, la mujer. Violencia es decir a tu pareja con quién o dónde puede o no puede estar, decirle que “no hace falta” que trabaje o sugerirle que tal vez, llevar ese tipo de ropa para ver a ese chico “no sea lo más adecuado”.

El psicólogo social Luis Botello Lonngi ya defendía que frente a otros tipos de violencia que se suelen nombrar, rechazar e incluso denunciar, “existen otras prácticas a las que no se definen como violencia y se les presta escala o nula importancia”. Esto es, según el psicólogo, una de las dificultades añadidas en la lucha contra la violencia machista, ya que el entorno social establece algunas de estas prácticas como “normales”.

Ridiculizamos los manuales para las “buenas esposas” que se popularizaron el siglo pasado y las recomendaciones de la Sección Femenina de la Falange, pero no siempre vemos que a veces sus residuos aún se filtran de manera tóxica en nuestras relaciones, con nuestra pareja y con los demás.

La bloguera Veronica Partridge / Allison Harp Photography
La bloguera Veronica Partridge / Allison Harp Photography

Hace unos días, se hizo viral la historia de una bloguera cristiana que hizo pública su decisión de dejar de vestir con pantalones de yoga o “leggings” para no atraer las miradas de otros hombres que no fueran su marido y que estos no tuvieran, y cito textualmente, “pensamientos lujuriosos”. La religión, a lo largo de los siglos, también ha sido un condicionante que ha favorecido la construcción de un espacio de etiquetas en el que el concepto de “pecado” ha limitado la libertad de expresión y de acción de las mujeres, también en la forma de vestir. Como un pobre consuelo, al menos en este caso la decisión de cómo vestir la ha tomado ella misma, y no su marido.

Hasta que no se tome conciencia de que las relaciones basadas en el control y los celos no son fruto de actos de amor y preocupación, sino que son perjudiciales y otra forma más de violencia machista, no podrán descender las cifras de violencia y, sobre todo, la condescendencia hacia este tipo de comportamientos, que más adelante pueden desembocar en otros problemas. No olvidemos que la violencia machista es estructural, y que guarda un trasfondo y unas raíces que no se eliminan de forma sencilla.

Los organismos institucionales –responsables a su vez, no olvidemos, de los recortes en materia de género–, ya actúan al respecto, y en su publicidad destinada a la concienciación vemos cómo incluyen a este público joven, y alertan sobre comportamientos como el control de la pareja a través del móvil.

Fotograma de la película "Cincuenta sombras de Grey" / Unrealitytv
Fotograma de la película “Cincuenta sombras de Grey” / Unrealitytv

Por cierto, en una semana se estrenará la versión cinematográfica de “Cincuenta sombras de Grey”, el libro “bestseller” protagonizado por un hombre que encaja perfectamente en ese 33% mencionado al principio del artículo. Las revistas y páginas web dedicadas al público femenino ya nos deleitan con artículos con títulos como “Razones por las que a todas queremos un Christian Grey”, en el que se enumeran una serie de “virtudes” coronadas por la de ser “celoso/posesivo”. ¿Qué persona no querría una pareja así? Yo, desde luego, no.

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