Las imágenes del horror que el mundo nunca debería haber visto


Desde hace dos días el mundo mira las noticias con consternación. Muchos han visto las imágenes –prácticamente sin editar- una y otra vez en diferentes cadenas de televisión. En ellas se puede ver como el piloto militar jordano, Moaz al Kasasbeh, secuestrado el 24 de diciembre en Siria, arde hasta morir en el centro de una pequeña jaula.

Como señala hoy el editorial de El País con la difusión de este video el autoproclamado Estado Islámico (EI) elevó su listón de salvajismo demostrando que es capaz de la más absoluta crueldad y ensañamiento.

El abominable filme de perspectivas sofisticadas y edición de calidad cinematográfica es un arma propagandística directamente dirigida a la población árabe del Golfo Pérsico y de Jordania, países en los que ya se han alzado voces de venganza y en los que figuras como el rey, Abdullah, hicieron un llamado a la cohesión ciudadana ante unos hechos “que no quedarán en vano”.

Ello, con el objetivo de desestabilizar la autoridad jordana y debilitar la coalición árabe occidental en un momento en el que parece que la comunidad internacional se decide a combatir el EI unidos en un mismo frente.

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Como en las diferentes decapitaciones perpetradas por el EI, el vídeo del piloto quemado vivo fue publicado en los portales del grupo terrorista y difundido rápidamente a través de las redes sociales tanto por aquellos cínicos que simpatizaban con él como por aquellos que denuncian la brutalidad de los hechos. Pero, ¿Es necesario ver imágenes de un hombre agonizando hasta la muerte para hacerse una idea de lo que realmente está sucediendo? Mi respuesta es rotundamente clara: NO.

El dilema de exponerse ante el horror

Distintos columnistas defendían hoy en los medios una postura u la otra generando un profundo debate sobre los límites de los retratos y registros de las atrocidades. Uno de ellos, el periodista británico y presentador de televisión, Piers Morgan’s, publicaba hoy su columna en el Daily Mail en el que aseguraba sentirse “orgulloso” de haber visionado el video publicado por los militantes islamistas.

En la columna, Morgan’s asegura que quería mirar el vídeo para “ver si de verdad era, como muchos decían, el vídeo más abominable que se había hecho nunca”. Después de observar atentamente los 22 minutos del execrable filme, el periodista manifestó su satisfacción por haber decidido verlo, pues de esa manera se dio cuenta de que la red terrorista “carece de límites, de humanidad y de cualquier cosa parecida al alma”. Una postura que ‘sorprendentemente’ tuvo muchos partidarios y fue difundida un total de 24.000 veces, según el periodista publicó ayer en las redes sociales.

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La complicidad del voyeur

Aunque puedo entender las razones que han llevado a Morgan a hacer ‘clic’ sobre el filme, creo que con su visionado sólo ganan quienes están detrás del macabro asesinato y de los communities manager yihadistas. Estos vídeos, como los de las decapitaciones y otras imágenes repugnantes difundidas por la red terrorista, son publicados con la voluntad estratégica de infundir miedo a todos los ciudadanos y alzarse en la palestra del poder. No quiero formar parte de esta cadena de propaganda, no quiero ser parte de su difusión y no quiero estar del mismo bando que el de los sádicos miembros del EI quienes comparten, amplifican y enaltecen la difusión de esta atrocidad.

Por otra parte, creo que este tipo de vídeos atentan contra la dignidad humana y contra la intimidad de esa persona a quienes sus seres queridos querrán recordar como el valeroso piloto que fue y no como un rehén capturado y asesinado despiadadamente. Así también lo cree el fotoperiodista español de guerra Ricardo García Vilanova quien, en una entrevista con JotDown, aseguraba que retratar según qué situaciones era “cruzar una línea”, pues la instantánea de “una víctima  con las vísceras al aire se convertiría en el último recuerdo de ese ser querido para sus familiares”, motivo por el cuál el fotoperiodista intenta no “hacer la fotografía que a él no le gustaría que le hicieran si él fuera la víctima”. En esta misma línea, para mí, observar deliberadamente un asesinato es cruzar una frontera, es asistir a un espectáculo nauseabundo y atroz que deja una cicatriz para siempre en la memoria de quienes lo miran.

Periodista o terrorista ¿Quién hay detrás de las cámaras?

Comprendo que muchas veces las imágenes son necesarias para sacudir la opinión mediática y despertar al aletargado lector de su círculo de confort cotidiano. Así sucedió, por ejemplo con las instantáneas de Kim Phuc, la niña de nueve años que corría con desnuda y quemada por el napalm, tomada por el fotógrafo Nic Ut y que cambió el curso de la guerra del Vietnam; la célebre instantánea que retrató a un joven chino desafiando a los tanques durante las protestas en la plaza de Tiananmen, las que tomó Brent Stirton en el Congo para denunciar las masacres de gorilas o las impactantes fotografías del desastre que dejó el paso del huracán Katrina son sólo algunos ejemplos de los instantes que han quedado impresos para siempre en nuestras retinas y que desencadenaron una masiva reacción ciudadana.

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Entre esas imágenes y los vídeos del EI hay una enorme diferencia, pues el común denominador de las primeras es que detrás de la cámara hubo un ojo entrenado, un ojo que supo encontrar el enfoque específico para retratar la desgracia: el ojo del fotoperiodista.

Desde mi punto de vista, esta es la clave fundamental que, como editora de un periódico, refirmaría mi posición y afianzarían mi negativa a publicar tales imágenes de barbarie medieval.

El dilema del editor

No obstante, para los editores éste nunca es un dilema fácil. Pues, como apunta el editor del rotativo británico The Independent, Will Gore, en su columna “The Only Way Is Ethics”, hoy día el hecho de no publicar ninguna de las imágenes sobre los hechos no impide su difusión, pues existen muchas más plataformas que propagan los contenidos. Sin embargo, el periodista considera que cuando se trata del monstruoso fanatismo perpetuado por el EI, los medios tienen que tomar una decisión categórica, algo que según Gore no está relacionado con la exclusión de unos detalles morbosos sino más bien con negarse a “arrodillarse frente a la narrativa de los lunáticos”.

 

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