Balance de la presidencia de José Mujica

Por Juan Ignacio Mazzoni (@ultratrash)

El Presidente de Uruguay, José Mujica, se volvió un hito de la austeridad que se espera de un jefe de Estado. Un mandatario que vive en una chacra donde se dedica a la floricultura, dona más de la mitad de su sueldo a proyectos sociales (que encima ahorra el resto), maneja un Volkswagen viejo y prefiere evitar la etiqueta en los eventos internacionales es música para los oídos del Mundo en épocas en que los gobernadores de países en crisis no predican con el ejemplo la austeridad que exigen a sus pueblos. Además, el lenguaje llano, campechano y directo de Mujica refuerza la idea de un presidente tan terrenal como los ciudadanos de a pie. Una de las estrategias discursivas de la derecha uruguaya en 2009, cuando se eligió al “Pepe” como presidente era que una persona así iba a dejar mal parado al país. En ese sentido, sus adversarios se equivocaban: basta ver el lugar que se ganó en los titulares de los medios globales o el impacto que tienen sus discursos en cada cumbre internacional, especialmente el que más resonó, ante la Asamblea General de Naciones Unidas en 2013.

Para los uruguayos, luego de salir de los escombros de una crisis financiera y política que a partir de 2002 dejó a la mitad de la población bajo la línea de pobreza, esta última década de crecimiento económico y bonanza ha sido el despertar de un sufrido letargo. Una nación con fama de ser gris, melancólica, humilde, apegada a un lejano pasado próspero, a los términos medios y a los consensos, de repente se vio deslumbrada por el frenesí de la “plata dulce”, como le dicen los uruguayos al dinero en generado en épocas de prosperidad. Nació así el “Nuevo Uruguayo”, término popularizado por una publicidad de un servicio de televisión para abonados de Montevideo, que perfectamente puede ser tomada para analizar la sociedad uruguaya actual. Las filas de personas comprando televisores de tamaños insólitos en los días previos a los mundiales de fútbol y las ventas inusitadas de autos 0Km contrastan con las postales que quedaron de la crisis, cuando en el país aumentaban incluso los índices de desnutrición.

Mujica, un ex guerrillero que llegó al poder a través de las urnas, asumió la presidencia en 2010 en el contexto del Nuevo Uruguay. Un país gobernado por una fuerza de centroizquierda –el Frente Amplio, su partido, perseguido por la dictadura que azotó al país de 1973 a 1985- que sin esfuerzo se logró apegar a las reglas del capitalismo salvaje. Las medidas económicas de los gobiernos del FA favorecieron el acceso al crédito al consumo. Si bien es cierto que la gente tiene más dinero en el bolsillo (basta pensar que el salario mínimo se duplicó a lo largo de los cinco años del último mandato), el auge del consumismo voraz contrasta con la imagen que da el Presidente al mundo, al punto que el mismo Mujica cuestionó esta actitud de su pueblo.

Uruguay para el mundo parece un paraíso en lo que respecta a legislación social: en los cinco años de gobierno de Mujica, se despenalizó el aborto, se contempló en el código civil el matrimonio homosexual y se legalizó el cultivo y venta del cannabis (aunque esta última ley no se haya puesto en práctica aún). Si bien es cierto que el impulso político de la última administración tuvo un rol esencial, es sin dudas fruto del esfuerzo de los movimientos sociales, que durante décadas lucharon por lograr llegar a donde están parados los uruguayos hoy en día.

Logo utilizado por los movimientos sociales que impulsaron la legalización del cannabis en Uruguay. Fuente: ps.org.uy
Logo utilizado por los movimientos sociales que impulsaron la legalización del cannabis en Uruguay. Fuente: ps.org.uy
Grupos de activistas feministas se manifiestan frente al Parlamento uruguayo mientras se discutía Ley de Salud Sexual y Reproductiva. 2012. Fuente: mysu.org.uy
Grupos de activistas feministas se manifiestan frente al Parlamento uruguayo mientras se discutía la Ley de Salud Sexual y Reproductiva. 2012. Fuente: mysu.org.uy

Por otra parte, hay algunos capítulos oscuros de esta administración que, para quien no está al tanto de la realidad uruguaya, pasan de largo. El gobierno de Mujica llega a su final con un ministro de Economía procesado por la justicia a raíz de un escándalo de corrupción por una serie de fraudes en la gestión de la quiebra de PLUNA, la desaparecida línea aérea de bandera uruguaya. Además, los ministros de Estado vieron sus sueldos elevados por mecanismos que se apartan de los que dicta la Constitución. Según la carta magna, los ingresos de los ministros deben mantener una correlación con los sueldos de los magistrados. Esta medida significará que los uruguayos deberán costear juicios millonarios para resarcir a los funcionarios judiciales damnificados. Esta manera desprolija de gobernar fue favorecida por un personalismo fuerte que busca vías alternativas para tratar ciertos asuntos, además de una mayoría parlamentaria propia en ambas cámaras que vota proyectos de ley a tapas cerradas.

La extranjerización de la tierra y su concentración en pocas manos se profundizó en los últimos años. Así, la zona más fértil del país está tapizada por monocultivos de soja transgénica. En la zafra 2011-2012, Uruguay tuvo su cosecha récord de soja. De hecho, la economía uruguaya tiene una fuerte dependencia de los precios internacionales de los alimentos, debido a su modelo agroexportador.

No es la única pega que se le puede encontrar a la administración de Mujica en términos de cuidado del ambiente. Un tema pendiente, introducido en el último quinquenio es la megaminería a cielo abierto. La actual administración aprobó una ley para favorecer este negocio. Los ambientalistas se oponen al impulso que el mismo gobierno ha dado a este rubro, que aún no se consolida, en parte gracias al freno del activismo. El presidente apoya abiertamente este proyecto, que choca con su discurso global. Este es uno de los legados más pesados que Mujica deja a su sucesor, Tabaré Vázquez, que deberá retomar las negociaciones con las multinacionales interesadas (con toda la presión que pueden ejercer) y los ambientalistas.

Mientras el resto de América Latina ve cómo la inversión extranjera se reduce, en Uruguay sucede lo contrario. Si antes significaba el 13% del PBI, en el mandato de Mujica se elevó a un 22%. No en vano la revista estadounidense Fortune (nótese el título de la publicación) describe a “Pepe” como “lo que uno no se esperaría de un ex guerrillero con tendencias socialistas“. En el artículo, Uruguay se presenta como “un bastión de políticas económicas pragmáticas que favorecen los negocios y las inversiones extranjeras“. En ese sentido, el país tiene una economía que se inserta en el sistema capitalista y sería inocente pensar que no se debe que adaptar al mismo. Pero no deja de ser curioso que sea un adalid de la austeridad quien fomente medidas para favorecerlo.

En suma, la actitud de Mujica es digna de ser reconocida y es por cierto genuina. La austeridad que predica no es ficticia, sino que es una actitud real, consecuente con la idiosincrasia de un pueblo moderado y modesto. Pero es preciso ver las dos caras de la moneda y tener en cuenta lo que sucede puertas adentro para ponderar el atractivo del discurso. Así, las palabras cobrarían otro significado. Bueno de seguro, pero mitigado.

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